Desconocemos todo sobre el día después de esta pandemia provocada por el Coronavirus. No sabemos qué sucederá cuando se levanten las restricciones y podamos salir a pasear por las calles sin limitaciones. Ignoramos cómo será esa nueva “normalidad” a la que nos enfrentaremos. Pero si de algo tenemos plena convicción es que las tecnologías digitales tendrán un papel más relevante que antes.

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Durante estas largas semanas, en que la mitad de la población mundial ha sufrido alguna medida de confinamiento en sus hogares, el uso de plataformas y herramientas digitales se ha disparado. Las familias necesitan verse y comunicarse a la distancia por medio de videoconferencias. También quienes nos gobiernan acuerdan los decretos y medidas políticas a través de una pantalla. Los medios de comunicación han descentralizado la producción de sus programas que ahora se realizan virtualmente con estudios improvisados desde las casas. Las universidades y los colegios implementan a contrarreloj software de e-learning para dar clases a distancia. Los empresas buscan desesperadamente servicios en la nube que les permitan teletrabajar para mantener su productividad.

Con toda seguridad, este incremento en el uso de software para “vivir a la distancia” seguirá aumentando exponencialmente. El temor ante la posibilidad de atravesar nuevas pandemias y, en consecuencia, nuevas medidas de confinamiento, obliga a las empresas, a las universidades, al personal sanitario, a los gobiernos y hasta a los supermercados, a prepararse mejor para que, en caso de que llegue de nuevo un virus, no los agarre otra vez desprevenidos. A partir del “día después” del Coronavirus nuestras interacciones sociales estarán, con toda seguridad, mediadas por un software.

La mayoría de empresas, organizaciones, centros educativos y personas están optando por utilizar los servicios de Microsoft (Teams y Offices 365) o las herramientas de Google (Meet y G-Suites, que incluye Classroom, Gmail o Drive entre otras). Hay otros jugadores, hasta ahora casi desconocidos como Zoom, que también se han posicionado con fuerza. Whatsapp ha visto crecer su uso aún más y su compañía matriz, Facebook, no tardará en ofrecer herramientas para organizar el teletrabajo. De hecho, ya lo intentó con Facebook At Work hace unos años. Y no hay que olvidarse de Amazon que, aparte de incrementar sus ventas online por el confinamiento, es la propietaria de Amazon Web Services, una de las mayores suministradora de servidores web y “nubes” del mundo. Un enorme porcentaje del tráfico de datos de Internet pasa a través de los discos duros de sus computadoras.

Ciertamente, estas compañías nos han hecho más llevaderos los largos y monótonos días de encierro, facilitándonos la vida y permitiendo estar en contacto con nuestras familias y estudiar o trabajar a la distancia.

Pero esta nueva situación a la que nos enfrentamos nos plantea decisiones cruciales como sociedad: ¿delegaremos a un reducido número de empresas ese futuro completamente digital al que parece que nos avocamos? ¿Qué riesgos implican estos gigantescos monopolios sobre la tecnología para nuestras vidas?

Analicemos el caso de la educación. Microsoft ofrece Teams gratis para “mantener conectadas a organizaciones y escuelas durante el brote de COVID-19”. Luego, dependiendo de los acuerdos a los que llegue con los centros, cobra unos 6$ cada mes por estudiante. Google “regala” G-Suite para Educación y cobra unos 4$ por mes y por estudiante por la versión Entreprise de la suite.

Pero esos ingresos son simbólicos, el valor verdadero son los datos que recopilan. Ambas compañías tienen acceso a las rutinas de aprendizaje, hábitos de estudio, intereses temáticos y demás información sensible de millones de estudiantes y docentes de todo el mundo, desde que se escolarizan hasta que egresan de la Universidad. Imagina el poder que les otorga todo ese conocimiento. Cada vez más, son estas empresas las que determinan cómo se estudia, las que condicionan los modelos pedagógicos, limitando las decisiones que puedan tomar los centros educativos, el equipo docente o los ministerios de educación. Son ellos quienes tienen que adaptarse a lo que propone Google o Microsoft y no al revés. Todas las herramientas que diseñan y ofrecen no se discuten colectivamente en función de necesidades particulares que un colegio o estudiante tenga. Son completamente estándar, las mismas para una estudiante sueca o para un universitario hondureño.

Al ser software privativo, las escuelas de la Amazonía, por ejemplo, no tienen posibilidades de traducirlo a su idioma originario. O de usarlo localmente dentro de una intranet local si, por ejemplo, no tienen señal de Internet.

Las decisiones sobre las tecnologías que usamos no son técnicas, sino profundamente políticas. Si confiamos exclusivamente en el sector privado para el desarrollo tecnológico, este progreso estará guiado por sus intereses comerciales y no por el bien común. No nos engañemos. El objetivo principal de estas empresas no es hacernos la vida más cómoda o conectar al mundo. Son solo servicios a través de los cuales generan sus ingresos.

No es que el modelo mercantil sea en esencia negativo. El problema es cuando le delegamos en exclusividad el desarrollo de nuestra sociedad. Esta crisis nos ha demostrado lo excluyente que puede ser. Más que nunca hemos visto la necesidad de contar con sistemas públicos sólidos de salud que atiendan a toda la sociedad no sólo a los que pueden pagar la sanidad privada. Hemos comprobado el valor de las iniciativas sociales o cooperativas como los mercados móviles que se desplazan a las casas para entregar alimentos a quienes no pueden salir. ¿Por qué no aplicar estos otros modelos a las tecnologías? ¿Por qué los Estados no pueden impulsar plataformas nacionales y libres para que estudien sus jóvenes? ¿Por qué no financiar a las universidades para que desarrollen protocolos de comunicación que no nos obliguen a pasar por los servidores web de una empresa en Estados Unidos?

Muchas comunidades alejadas se han quedado completamente aisladas por esta crisis sanitaria. Sin poderse mover ni comunicarse, gracias a que para las compañías de telefonía e Internet nunca fueron mercados rentables como para garantizar su cobertura. ¿Y si esa comunidad autogestionara su propia infraestructura de telefonía celular o su red de Internet como ya hacen decenas de comunidades en México?

En este nuevo mundo que inicia tras el Coronavirus tendremos que tomar muchas decisiones y replantear ciertas rutinas. Pero mucho nos tememos que las tecnologías quedarán por fuera de estos debates.

Las denuncias sobre cómo estas empresas negocian con nuestros datos y vulneran nuestra privacidad no parecen preocupar al grueso de la ciudadanía. Los centro educativos siempre se excusan argumentando que desarrollar herramientas propias sería muy caro sin contemplar lo que se lograría sumando los esfuerzos de todos los colegios de un país apoyados por las escuelas de ingeniería de las universidades. Las empresas prefieren invertir en licencias privativas para un software que no siempre cumple con sus requerimientos en vez de apostar por el desarrollo de programas a la medida de sus necesidades. Los Estados delegan su soberanía tecnológica en épocas donde es más necesaria que nunca. Y serán Apple y Google quienes ofrezcan herramientas para controlar la pandemia a través de los teléfonos celulares.

Desde Radios Libres seguimos confiando en los medios comunitarios para promover estas discusiones; esos medios que hace años vienen reclamando la democratización del Derecho a la Comunicación. Hoy esas demandas pasan por politizar la tecnología que no es más que preguntarnos: ¿qué tecnologías son las más apropiadas para ese otro nuevo mundo que queremos y, sobre todo, necesitamos construir?

El día (tecnológico) después de la pandemia

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