El periodista, cara a cara con la ‘masa’ despierta y retadora.

Publicado originalmente en página PERIODISMO & PROCOMÚN de Susana López-Urrutia bajo Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 3.0.

El periodista se había resistido al encuentro. Gusta de llevar las riendas y sabe que con este entrevistado no va a ser fácil. En sus escasos encuentros previos con él había intentado mantener, en lo posible, ese cristal invisible que siempre los había separado y que ahora se resquebrajaba estrepitosamente a menudo había sido él, el profesional el encargado de hacer las preguntas, en teoría quien había tenido que contestar a los requerimientos y al escrutinio incansables de su interlocutor. El periodista no entiende eso. Él no da, explicaciones, ¿por qué tenía que hacerlo? Él las pide. Siempre había sido así.

El periodista se dirige a su cita con paso temeroso, pero rictus firme: “soy un profesional, soy el garante de la información y me necesita”, se repite a sí mismo, aunque en realidad últimamente ya no sabe quién diablos es, ni siente que su trabajo sea reconocido. Se siente devuelto a una especie de extraña adolescencia, él que era un hombre, mujer, maduro. Si algo le irrita de este entrevistado es que sabe cómo hacerle flaquear: mete el dedo en la yaga, en la crisis de identidad, y lo restriega en ella sin pudor. El periodista odia eso.

El periodista, sin embargo, alberga ciertas esperanzas en su encuentro con ese misterioso entrevistado al que ni siquiera sabe cómo denominar. Esperanzas que se fuerza a reprimir, pues no puede ser que uno pida ayuda y sustento a aquél al que se supone que debe ‘salvar’ e iluminar en su caso con la luz de la información. Una parte de él, sin embargo, no puede evitar sentir devoción por ese sujeto al que antaño sirvió con entusiasmo y que ahora le da la espalda y amenaza su misma supervivencia.

No sabe si imaginarlo así:

‘El lector’ la versión del ciudadano amiga del periodista tradicional (al contrario que la de más arriba). CC-BY-SA @Su_Urruti

O como el monstruo feo de arriba.

En cualquier caso está dispuesto a enfrentarlo.

Ha llegado el momento. El periodista entra en la habitación. Todo está oscuro. Se sienta en una silla.

—Pregunta, ¿no es ese tu oficio? —dice una voz femenina de cadencia juvenil.

—¿Quién eres? —se lanza el periodista.

—Soy tú —contesta, esta vez, una voz de niño.

—Eso es una chorrada. Yo estoy aquí sentado, tú, yo que sé. Ahí andas. Somos dos realidades diferentes.

—Eres muy individualista. Siempre ha sido uno de tus grandes pecados.

—Pse…

—Soy colectivo, y como colectivo soy una suma de individualidades. Tú también formas parte de eso. A veces.

—¿A veces?

—Sí. Soy mutable. A veces tomo una forma, a veces otra. Todo depende de la misión concreta que enfrente. Cada una de mis formas involucra a diferentes individuos y colectivos y cada vez las aportaciones de unos y otros varían en cantidad y forma. -Contesta esta vez una voz tierna, como de una abuelita.

—¿A qué tipo de misiones te refieres? ¿Hablas de usurpar mi trabajo?

—Mi misión es la democracia y para conquistarla exijo la libertad de las ideas, el conocimiento y la información, no me gustan las cosas cerradas. -Esta voz es juvenil y determinada.

—Te lo preguntaré otra vez: ¿Hablas de usurpar mi trabajo?

—Lo estás planteando erroneamente. Hablar desde el miedo no te va ayudar…

—…

—Tu trabajo, hasta ahora, había consistido en intermediar para proporcionarnos incluso a tí mismo una información a la que no teníamos acceso, porque era escasa. Una labor muy loable. Ahora la información es abundante, nosotros también podemos acceder a ella y además somos omnipresentes tú no, te recuerdo. Tu juego no debería ser cercar lo abundante e intentar que se te pague por eso. Es ridículo. Si te empeñas en plantearlo así la respuesta es que sí, perderás tu trabajo. Pero no porque nosotros te lo quitemos, sino por estúpido.

—Tú lo estás entendiendo mal, perdona. Yo soy un profesional de la información. Me distingo de tí, precisamente, en que manejo la información con unos criterios. Twitter y Google no son periodismo.

—¡Piiii! ¡Error! Otra vez estás mirando el problema desde el ángulo equivocado. ¿Quién ha dicho que Twitter o Google ‘sean periodismo’? La cuestión aquí es el conjunto, el bosque, no los árboles individuales. Tienes que ampliar tu perspectiva para ver el cuadro completo, pero el miedo no te deja ver. Así mal vas, chato. Por cierto, ¿quién dice que tú eres periodista?

—Mi carné de la FAPE – (Federación de Asociaciones de Periodistas Españoles).

—Ji,ji,ji…

—Menos coña.

—Vale. Me explico. En la esfera pública a la que tú estás acostumbrado la mediada por los mass media tu autoridad emana de tu posición central en la red, de costoso acceso para los demás (no cualquiera tenía dinero para montarse un ‘chiringuito’ mediático). Eras, por así decirlo, un ‘intermediario forzoso’ y eso te dotaba de poder (tú confeccionabas la agenda) y de una identidad muy clara: la del ‘periodista’. Hoy la cosa ha cambiado, amigo. Gracias a Internet y las nuevas tecnologías en general, las posibilidades para competir por transformarse en un hub —nodo influyente— y gozar de autoridad están al alcance de un porcentaje considerable de la población. Existe, además, otra diferencia y es que ya no eres un intermediarios forzoso. Para ir de A a C no siempre es necesario pasar por tí, aunque hacerlo sí puede ser lo más conveniente de momento. Todo ello redunda en tu perdida de autoridad.

—¿Y de dónde emana la autoridad ahora? ¿Cómo se supone que debo ganarme la mía?

—Tu autoridad en la red mana de tu capacidad para gustar a los demás (sobre todo a tus compañeros de ‘nicho’ o afines) y generar confianza en ellos o lo que es lo mismo, la calidad de tu “karma”. Piensa en cómo se posiciona una web en Google, cómo se viraliza un tuit, cómo llega una noticia a la portada de Menéame o cómo se valor a un vendedor en Ebay. Son casos muy diferentes, pero la dinámica siempre es la misma: el ‘voto’ de los demás genera valor de cara a los algoritmos, ya sea en forma de enlace (Page Rank de Google), retuit, o valoración, como en los dos últimos casos (de tus comentarios y noticias en Menéame; de tus transacciones en Ebay). A mayor confianza, mayor autoridad e influencia (karma) y por ende, mayor capacidad para empoderar a otros.

—Repito, los ‘tuiteros’ no son periodistas…

—¡Piiii! Individualismo, otra vez. Si sigues pensando en estos términos no avanzamos. Un tuitero no es necesariamente un periodista aunque muchos lo ‘son’, pero este tipo de autoridad de la que hablamos no emana de fuentes individuales aunque en algunos casos puede hacerlo: es una autoridad colectiva. Es decir, la autoridad nace de un proceso en el que decidimos confiar en el valor extraído de “diversas fuentes no confiables” por sí mismas (incluído ese tuitero que decías, ¡e incluso tú mismo!), la “basura” se acepta como input, en vez de ser filtrada a priori (como en los medios). Piensa en las valoraciones de los usuarios sobre hoteles o experiencias en TripAdvisor. Es el mismo mecanismo Y, por cierto, apúntate esto: paradójicamente, el ruído o el error en pequeñas dosis contribuyen a aumentar la confianza de los usuarios en los resultados, ya que entendemos que es parte intrínseca de una comunicación no mediada por actores interesados (si no los hubiera sospecharíamos).

—¿En una frase?

—Por muy excelente que seas, jamás serás más excelente que la excelencia colectiva.

—Muy bonito todo pero y yo, ¿cómo como?

—Es una cuestión compleja, no te voy a engañar. Es tu tarea resolver ese dilema, pero si quieres hacerlo tienes que tener en cuenta las ‘normas’ no escritas de la red. Nada a favor de la red, no en su contra. Si lo haces, te marginaremos, recuerda que ya no tenemos que pasar necesariamente por tí para obtener información.

—¿Cuáles son esas ‘normas’ de la red?

—Por ejemplo: no debes construir barreras que impidan la libre circulación de ideas e información / datos. En primer lugar, es contraproducente para el bien común y tu reivindicas el bien común, ¿no?. En segundo lugar, las violaremos: no puedes poner diques al mar.

—Insisto: ¿Y cómo como?

—Busca la excepcionalidad. En la red valoramos la excelencia, el mérito. Si haces algo muy bueno quizás paguemos por ello.

—Entonces, ¿cierro o no?

—Nadie te impide hacerlo, si has creado el suficiente valor añadido quizás te vaya bien. Pero un consejo: déjanos un agujerito para mirar. No solemos confiar en lo que no podemos ver o probar primero.

—¿A qué llamas ser ‘abierto’?

—A la accesibilidad de la información y a su libre difusión. A la transparencia.

—Pero yo ya cuelgo mis noticias en la web y mira que me jode, ¿no te vale con eso?

—Hombre, es un paso. Pero no es suficiente. Por ejemplo: si tus noticias no vienen acompañadas de licencias Creative Commons, osea, si usas copyright, no podremos difundirlas en otros soportes y eso violaría la libertad de difusión de las ideas. Además, si nos ofreces una información muy mediada ’masticada por ti’ nos arrebatas la oportunidad de formarnos una opinión propia y no tutelada por tí sobre las cosas.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Colgar las entrevistas completas? ¿Quién se iba a tragar semejantes chapas? Estás de broma.

—Es muy lícito que hagas el esfuerzo de contextualizar e interpretar la información. Pero tenemos el derecho a exigirte las fuentes originales sobre las que has hecho esas interpretaciones, sino tus errores serán los de todos. Por cierto: si cuelgas datos debes hacerlo en formatos accesibles. No nos gustan los PDF: queremos tablas en formatos abiertos que nos permitan procesar los datos fácilmente utilizando la tecnología.

—En fin, una última pregunta: ¿Qué esperas de mí? Al fin y al cabo, eres el ciudadano, nadie mejor que tú para explicarlo…

—Espero que te abras a la colectividad, que te des cuenta que un millón de pares de ojos siempre ven más que uno. Busca formas de cooperación con nosotros. Juntos somos más. Aprende a ser inclusivo. Debes entender que el periodismo es un derecho y, por ende, no es patrimonio exclusivo tuyo. Y no pasa nada. Es bueno para todos.

—Prometo que lo pensaré. Por cierto, ¿cinco euritos para mi proyecto independiente?

Referencias

Esta entrevista ficticia está basada en los estudios de los siguientes autores:

  • ANDERSON, C.W.; BELL, E. and SHIRKY, C. Post-Industrial Journalism: Adapting to the Present. Tow Center for Digital Journalism, 2012.
  • BENKLER, YOCHAI. The Wealth of Networks. EEUU. Yale University Press, 2006
  • BRUNS, AXEL. Gatekeeping, gatewatching. Real time feedback: new challenges for journalism. Brazilian Journalism Research. Volume 7, nº 11, 2011
  • CARDON, DOMINIQUE. “El bazar y los algoritmos. Una tipología de la competencia de las métricas de la información en la web”. Innerarity, D. y Champagne, S. (eds). 2012. Internet y el futuro de la democracia. Barcelona, Paidós, pp. 211-234, 2012.
  • CASTELLS, MANUEL. La Sociedad Red. La era de la información: economía, sociedad y cultura. Volúmen I. Alianza Editorial, Madrid, 1997
  • GILLMOR, DAN. Mediactive. EEUU, 2010
  • SAMPEDRO, VÍCTOR. Opinión pública y democracia deliberativa. Medios, sondeos y urnas. Madrid. Istmos, 2000.
Entrevista con el Vampiro, digo ‘lector’, digo ‘ciudadano’… bueno, con ‘la cosa esa’

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