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Es necesario seguir remontándose a décadas pasadas para comprender cómo se ha ido conformando el sistema de medios en América Latina y el Caribe, que hoy se podría caracterizar con una sola frase: falta de diversidad y altos niveles de concentración de la propiedad de los medios en manos privadas. Los acontecimientos que configuraron este panorama están llenos de confrontaciones y conspiraciones, como si fueran escenas de una película de espías.

Precisamente, el cine era una de las mayores preocupaciones de muchos países del Sur global. [41] Las películas, pero también las noticias y el resto de contenidos audiovisuales que llegaban a los países más pobres, se producían en el Norte. Estas industrias culturales tenían una enorme capacidad para imponer agendas informativas en el Sur y su consiguiente impacto “en la identidad nacional, la integridad cultural y la soberanía política y económica”. [42] La comunicación se consideraba una fuente de riquezas y un valioso recurso para difundir una mirada parcial del mundo. Sin embargo, hubo voces disidentes que se rebelaron exigiendo que la comunicación fuera declarada como un derecho más de la ciudadanía.

En los años 50, con la Segunda Guerra Mundial finalizada, el mundo estaba dividido en dos grandes bloques. Por un lado, Occidente, el Oeste o bloque capitalista liderado por Estados Unidos. Del lado oriental, en el Este, el bloque comunista liderado por la Unión Soviética. Esta división cristalizaba dos modelos políticos y dos maneras de gestionar la economía radicalmente opuestas. Pero el distanciamiento y la separación no eran exclusivamente dialécticos. En 1961 se levantó un muro en la ciudad de Berlín que representaría físicamente esa fragmentación entre el capitalismo de occidente y el comunismo soviético. Aunque no hubo enfrentamientos bélicos directos, la Guerra Fría se caracterizó por las constantes tensiones políticas, el espionaje y las confrontaciones en distintos campos.

A pesar de que la polarización se escenificó entre estos dos bloques, había un tercero en discordia. Entre los años 50 y 60 muchas de las colonias que les quedaban a los países europeos se independizaron: Camerún, Senegal, Kenia o las dos Guineas, en África, o India y Pakistán, en Asia, entre muchos otros. Estas excolonias, junto a los países del llamado Tercer Mundo, formaron un tercer bloque denominado Movimiento de Países No Alineados (MPNA). Esta alianza reclamaba la libertad de no posicionarse junto a ninguno de los otros dos bloques y poder definir sus prioridades políticas de manera autónoma. Como veremos, estas alianzas geopolíticas tuvieron una importancia trascendental para la configuración de la defensa del derecho a la comunicación en América Latina.

Con la aparición de este grupo, dos cosas quedaron en evidencia. En primer lugar, que la división artificial entre Este y Oeste no era la única brecha. Existía otra más profunda entre el Norte y el Sur. Arriba los países “desarrollados” y abajo los países “subdesarrollados”. Y, en segundo lugar, que existía un amplio grupo de países que optaban por una tercera vía, que no se adscribía al enfrentamiento entre capitalismo y comunismo, sino que abogaba por la autodeterminación como valor para buscar fórmulas propias de desarrollo y progreso. [43] El MNPA siempre se declaró neutral e independiente aunque Estados Unidos y el Reino Unido, principales potencias del bloque occidental, acusaran a la Unión Soviética de estar tras bambalinas y manejar a sus dirigentes.

Ignorando estas acusaciones, el Movimiento de Países No Alineados se preocupó por erradicar las problemáticas que compartían las naciones que conformaban el bloque. Muchas poseían grandes yacimientos de materias primas como petróleo y recursos minerales que habían sido explotados por sus colonizadores, condenando a la mayoría de la población a la más absoluta pobreza a pesar de estar sentados sobre un “banco de oro”. Por eso, uno de los primeros objetivos de este movimiento fue proponer y establecer las bases de un Nuevo Orden Económico Mundial, que modificara las relaciones entre los países ricos y pobres. Aunque pronto se dieron cuenta de que para lograrlo necesitaban revertir también otro orden: el de la comunicación. ¿Tanto influía aquello que se emitía en la televisión como para determinar el rumbo de la economía de un país?

Desde finales de la década de 1930 habían proliferado los estudios sobre los medios de comunicación de masas. Una de las teorías más influyentes fue la propuesta por la Escuela de Frankfurt. Algunos de sus integrantes eran Max Horkheimer, Theodor Adorno, Herbert Marcuse, Walter Benjamin y, más tarde, Jürgen Habermas. Estos teóricos afirmaban que los medios transmitían una visión del mundo acorde a los intereses de las clases dominantes y su ideología: el capitalismo. Controlaban la producción de la información y el entretenimiento a través de las industrias culturales, logrando un efecto “adormecedor” sobre la sociedad. Los medios de comunicación de masas contaban con el poder de construir imaginarios. No se trataba de una simple manipulación –como creían teorías previas como la de la aguja hipodérmica– sino que los medios masivos de comunicación tenían la capacidad de dibujar el mundo y estructurar la “opinión pública”. Es decir, establecían sobre qué pensar y hablar, de qué manera y desde qué ángulo. Su poder residía en establecer una “ilusión de realidad”, dando por sentado que lo único que existe es aquello que aparece en sus medios, cuando apenas se trata de un recorte interesado y subjetivo de todo lo que sucede. Quien posee los medios de producción impone los mensajes que se emiten pero, también, los que se callan. [44]

Para la primera mitad del siglo XX se podía hablar de dos modelos de sistemas de medios bien distintos. En Europa, y por extensión colonial en África, triunfó el sistema de medios públicos: BBC (Reino Unido), RFI (Francia), RTVE (España), RAI (Italia), DW (Alemania), etc. Por el contrario, en Estados Unidos, y por extensión en América Latina, se consolidó el sistema de medios privado, con sus principales cadenas NBC, CBS, ABC y Fox. En esa época esta “industria cultural”, ese sector de la economía dedicado a la producción de contenidos y servicios creativos, ya se encontraba consolidada. Son los años de oro de Hollywood y el crecimiento de las grandes productoras.

Vale aclarar que Estados Unidos no tuvo siempre un sistema mediático dominado por un puñado de empresas. Como anteriormente apuntamos, desde la segunda mitad de la década de 1920, existían medios sin fines de lucro que se articulaban en organizaciones como el Comité Nacional de Educación por Radio (NCER) o el comité radiofónico de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU). Estas organizaciones conformaron el “Movimiento por la Reforma de la Radiodifusión”, una iniciativa que criticaba la deriva comercial que estaba tomando el escenario mediático estadounidense en detrimento de las radios con fines educativos. [45]

Cuando en 1934 Estados Unidos decidió derogar la Ley de Radio para reemplazarla por la Ley de Comunicaciones, los diputados demócratas Wagner y Hatfield, inspirados por las demandas del Movimiento por la Reforma de la Radiodifusión, propusieron que el 25% de las frecuencias de radio se reservaran a los medios sin fines de lucro. “A pesar de haber sido aplastados despiadadamente por los radiodifusores comerciales, los «reformadores de la radiodifusión» generaron una crítica impresionante de las limitaciones de una industria de medios de comunicación capitalista y oligopolizada para una sociedad democrática”, explica el historiador de los medios Robert McChesney. [46]

La Ley de Comunicaciones de 1934 terminó de sentar las bases de un sistema de medios orientado al mercado. Y a medida que fueron pasando los años, los periódicos, las cadenas de televisión y las emisoras de radio comenzaron a ser compradas por grandes conglomerados de empresas dedicadas a otros negocios y con múltiples intereses: bancos, capitales de riesgo, telecomunicaciones, constructoras, etc. Estos medios de comunicación terminaron convirtiéndose en el aparato ideológico del sistema económico dominante, pieza fundamental para su implantación y expansión y un “poderoso instrumento de alienación y desigualdad social”. [47]

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Notas

[12] El Sur global es un concepto que hace referencia a los países más pobres o en vías de desarrollo y que, coincidentemente, están ubicados geográficamente en el hemisferio sur.

[12] O’ Siochru, S., y Alegre, A. (2005). Derechos de la comunicación. Palabras en juego: enfoques Multiculturales sobre las Sociedades de la Información. París: C y F Éditions, p.163.

[12] El MPNA contaba en 1973 con 75 miembros y otros 20 entre observadores e invitados, un poco menos de la mitad de los países que existían en esa época.

[12] Como afirma el sociólogo Manuel Castells: “A lo largo de la historia el control de la información y de la comunicación siempre ha sido un mecanismo fundamental de construcción del poder”. Castells, M. (2017). El panóptico digital. Vanguardia dossier, 63, 74-77.

[12] McChesney, R. W. (1991). An Almost Incredible Absurdity for a Democracy. Journal of Communication Inquiry, 15(1), 89-114.

[12] McChesney, R. W. (1992). Media and Democracy: The Emergence of Commercial Broadcasting in the United States, 1927- 1935. OAH Magazine of History, 6(4,), 34-40, p. 37. http://www.jstor.org/stable/25154083

[12] Quirós, F., y Caballero, F. S. (eds.). (2016). El Espíritu MacBride: Neocolonialismo, Comunicación-Mundo y alternativas democráticas (Vol. 4). Ediciones Ciespal, p. 39.

2. La comunicación: ¿derecho o mercancía?

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