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La radio, al igual que la mayoría de las tecnologías, es fruto de una mezcla y evolución de descubrimientos anteriores. Es común imaginar a hombres solitarios de extraordinaria genialidad que en un golpe de suerte exclaman ¡eureka!, e inventan algo. Casi nunca es así.

La invención de la radio se la pelean entre Alexander Popov, Nikola Tesla y Guillermo Marconi. Este último fue el primero que patentó el descubrimiento y quien pasaría a la historia como su creador más reconocido. Todo esto ocurrió alrededor de 1900, en plena época industrial, donde la mayoría de científicos o ingenieros se movían por la curiosidad, las ganas de innovar, pero también por los suculentos dividendos que les dejaban las patentes. Por eso, las historias de las innovaciones tecnológicas de aquellos años están llenas de polémicas, controversias o denuncias de robo. Que se lo digan a Antonio Meucci que tuvo que ver cómo Alexander Graham Bell le usurpaba la creación del teléfono por falta de dinero para patentarlo. [1]

Aquello que creó y patentó originalmente el ingeniero italiano Marconi no fue lo que hoy se llama “radio”, sino un telégrafo sin hilos para facilitar la comunicación entre los barcos y tierra firme. Con su aparato se podían enviar señales en código morse a larguísimas distancias sin necesidad de cables. Los puntos y las rayas ahora viajaban a través de las ondas electromagnéticas. El Titanic envió su último S.O.S en 1912 con una de estas estaciones Marconi antes de hundirse en el océano.

Pero mucho antes de dicho desastre, entre 1900 y 1906, el canadiense Reginald Fessenden lograría por primera vez transmitir voz y música a través de las ondas electromagnéticas, iniciándose así el nacimiento de lo que actualmente se conoce como radio. Casi dos décadas después de estas transmisiones experimentales, en 1920 se iniciaron las primeras programaciones radiales. Fue en Argentina. Con un equipo rudimentario, los “Locos de la Azotea” transmitieron desde el techo del Teatro Coliseo de Buenos Aires la ópera Parsifal de Wagner.

A pesar de la cantidad de experiencias alrededor del mundo, la verdadera expansión de este medio se dio en Estados Unidos. Algunos periódicos y grandes empresas como la Westinghouse Electric Company vieron el potencial comercial que podía tener la radio y comenzaron a solicitar licencias y a diseñar el modelo de desarrollo de aquella nueva tecnología. La radio se convertiría en otro medio de información unidireccional con el cual generar ingresos a través de la publicidad. Una especie de “periódico hablado”.

Pese a que informar, vender y entretener fueron los usos principales que se le dieron a la radio en sus primeros años, poco a poco aparecieron organizaciones que se empeñaron en aprovecharla para otros fines. No hay que olvidar que era un medio instantáneo y no hacía falta saber leer para entenderlo. También era un medio relativamente barato –frente a las costosas rotativas de un periódico y los altos gastos de distribución– por lo que se podía instalar una emisora en cualquier comunidad y así favorecer la producción de programaciones locales. Entonces, la radio comenzó a usarse para evangelizar, amplificar las reivindicaciones sindicales, educar a campesinos o informar a las comunidades sobre sus propias realidades.

Estos medios, que más tarde se llamarían comunitarios y populares, fueron capaces de subvertir la tecnología radiofónica y el modelo de desarrollo que las poderosas empresas privadas habían impuesto. Buscaron formas para quebrar su unidireccionalidad y promover la participación. Convirtieron las emisoras en centros sociales, elaborando los programas con y desde las comunidades. Esta tecnología sirvió, como ninguna otra, para impulsar la comunicación popular. Una comunicación emancipadora y transformadora que ponía la radio al servicio de la gente y sus derechos. [2]

Estas radios no sólo abrían sus puertas a la ciudadanía, sino que incluían en la agenda pública sus preocupaciones e inquietudes. Temas que no tenían presencia en las parrillas de las cadenas nacionales o en los boletines de las agencias extranjeras –en su mayoría de Estados Unidos y Europa–, principal fuente de noticias en América Latina y el Caribe. La información fluía de arriba para abajo, del Norte hacía el Sur. Estos desequilibrios en los “flujos de la comunicación” llegaron a ser tan evidentes y escandalosos que comenzaron a cuestionarse en foros internacionales. En la década de los 70, la Unesco acogió estos debates sobre cómo establecer un Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación (Nomic) en un contexto de profunda polarización global.

Hartos de ver cómo toda la producción cultural, informativa o de entretenimiento que se consumía en el Sur venía siempre de industrias del Norte, el Movimiento de Países No Alineados (MPNA) [3] propuso la creación de políticas nacionales para ampliar y equilibrar los flujos de información. Pero sus demandas, en realidad, iban al fondo de la cuestión: rescatar la comunicación del ámbito del libre mercado y devolverla al marco de los derechos. [4]

Gracias a estos debates, el movimiento de radios comunitarias obtuvo nuevos argumentos que respaldaban sus esfuerzos por democratizar el acceso de la ciudadanía a los medios de comunicación. Sus campañas se centraron en denunciar los monopolios y exigir leyes que reconocieran a los medios comunitarios y les reservaran una parte del espectro radioeléctrico. Así surgió la reivindicación por el 33% de las frecuencias de radio y televisión para diversificar el sistema de medios.

El proceso de democratización de la comunicación en América Latina fue largo y lleno de altibajos pero, al final, obtuvo su reconocimiento. Cuatro países –Uruguay, Argentina, Bolivia y Ecuador– reservaron un tercio del espectro para los medios comunitarios. Otros, aún sin reserva específica, los reconocieron legalmente y habilitaron su acceso a las frecuencias radioeléctricas. [5] Un logro que, sin duda alguna, hay que atribuir al movimiento por la comunicación comunitaria, en el que tuvieron un importante protagonismo las radios. Estas organizaciones obligaron a las asambleas y congresos nacionales a sentarse y debatir sobre el derecho a la comunicación. Algo que nunca antes se había conseguido en América Latina y el Caribe.

En medio de estas campañas y movilizaciones, llegó un nuevo siglo y se extendió el uso de las TIC, las tecnologías de la información y la comunicación. Internet comenzó a penetrar tímidamente en la región y con ella todos los servicios que prestaba: correos electrónicos, blogs y webs, streaming o redes sociales, entre otros.
Internet arribó con la promesa de democratizar, por fin, la comunicación. Ahora, cada ciudadana, cada comunidad, podría tener su propio medio. Internet se vendió como la varita mágica que terminaría con los monopolios y la concentración de la propiedad de los medios de comunicación. Incluso, hubo políticos que afirmaban que ya no era necesario legislar sobre las frecuencias radioeléctricas porque con Internet la pluralidad y la diversidad informativa estarían garantizadas.

Sin embargo, al analizar críticamente este nuevo ecosistema de medios que ha ido convergiendo en torno a Internet, pareciera que sólo se trató de un espejismo democratizador. Sin que esto implique negar los beneficios que ha aportado esta red digital global, hasta las miradas más ciberoptimistas afirman que también agravó los desequilibrios y la concentración mediática y comunicacional. El modelo de desarrollo tecnológico que se decidió para Internet, impulsado por el sector privado, favoreció el fortalecimiento y consolidación, una vez más, de la tesis del libre mercado frente al paradigma del derecho a la comunicación. Esta pugna sigue vigente.

Ante este nuevo escenario, lo más conveniente es no desgastarse en debates estériles sobre si las tecnologías digitales son buenas o malas, sino analizarlas con las mismas categorías que sirvieron para evaluar los niveles de democratización de los medios y de las tecnologías analógicas. El marco conceptual en aquel momento se estableció claramente: la comunicación es un derecho pero los medios e instrumentos que permiten su ejercicio de forma masiva han sido cooptados por un grupo muy reducido de empresas privadas que imponen sus reglas y diseñan las políticas públicas del sector. Esto es un impedimento evidente al ejercicio del derecho a la comunicación, tal como lo han manifestado en infinidad de ocasiones las relatorías de libertad de expresión, tanto de la Organización de Estados Americanos (OEA) como de las Naciones Unidas (ONU). Por eso, el movimiento de radios comunitarias, agrupadas alrededor de las dos principales redes regionales –AMARC y ALER– y sus asociadas nacionales, salió a las calles bajo el lema: “democratizar la palabra y los medios para democratizar la sociedad”.

La discusión en aquel momento se planteó en términos políticos e ideológicos. Jamás se abordó desde una perspectiva meramente técnica. La apuesta era disputarle el poder al capitalismo mediático, ese modelo que se sostiene a partir de “controlar, restringir y clasificar los flujos de información”. [6]

La fascinación global hacia las TIC y el fetichismo tecnocapitalista por los dispositivos electrónicos hicieron mella sobre este juicio crítico. El debate parece haberse estancado en los aspectos técnicos dejando de lado el análisis sobre los flujos de información actuales. En la mayoría de los casos, estas tecnologías se incorporan acríticamente y se defienden como “útiles aliadas” para las luchas comunitarias. Mientras tanto, se va estableciendo silenciosamente y en tiempo récord un nuevo orden mundial: el capitalismo digital. [7]

¿Qué empresas controlan hoy los medios y plataformas de comunicación? ¿Quiénes diseñan las reglas de juego de un mercado tecnológico concentrado globalmente? ¿Se puede transformar la sociedad con estas herramientas? Con este libro queremos aportar algunos argumentos para que el movimiento de radios comunitarias actualice y retome el debate sobre el derecho a la comunicación frente a los desafíos que presenta la sociedad digital. Desafíos en los que ya vienen trabajando otras colectivas, organizaciones y redes en América Latina.

La primera parte se propone como un argumentario para incorporar a las agendas tecnopolíticas. Inicia con un breve recorrido por la historia de las radios comunitarias y el contexto geopolítico en el que surgieron, haciendo hincapié en las campañas y conceptos que elaboraron para defender el derecho a la comunicación. También hablaremos sobre los avances que se lograron para desconcentrar el espectro radioeléctrico en América Latina. Dedicaremos varias páginas a reconstruir cómo se establecieron las condiciones favorables a la instauración de un modelo de desarrollo tecnológico impulsado desde el sector privado. Y, por último, analizaremos cómo se configuró y reacomodó el escenario de los medios de comunicación con la llegada de las tecnologías digitales.

La segunda parte es una llamada a la acción colectiva. Una propuesta práctica sobre cómo abordar la defensa del derecho a la comunicación en las radios y medios comunitarios en esta nueva etapa. Ideas concretas para retomar y actualizar viejos debates en los territorios digitales y comenzar a transitar el camino hacia la soberanía o la autonomía tecnológica. [8] Ejemplos sobre cómo construir una Internet y unas tecnologías digitales comunitarias: libres y abiertas, feministas y diversas, anónimas, y sin censuras. [9]

Esperamos que este esfuerzo contribuya a ampliar las demandas y reivindicaciones por el derecho a la comunicación que el movimiento de radios comunitarias defiende y promueve desde hace décadas. Máxime cuando la pandemia del Coronavirus (COVID-19) que conmocionó al mundo a inicios de 2020 dejó en evidencia la centralidad de este derecho: en el acceso a la información relevante y fidedigna, en la protección de la privacidad de nuestras comunicaciones y movimientos, o en el acceso a medios de comunicación, contenidos y tecnologías apropiadas, libres y seguras. Creemos que -hoy más que nunca- garantizar el derecho a la comunicación en los territorios digitales nos obliga a politizar la tecnología.

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Notas

[1] En 2002 la Cámara de Representantes de los Estados Unidos reconoció a Meucci como el verdadero inventor del teléfono. House of Representatives, U.S. (2002) H. Res. 269, p. 2. https://www.govinfo.gov/content/pkg/BILLS-107hres269eh/pdf/BILLS-107hres269eh.pdf.

[2] Todas estas experiencias inspiraron una vasta producción teórica sobre comunicación en América Latina. Académicas y teóricos reflexionaron durante décadas sobre el poder transformador de los medios populares, comunitarios y alternativos. Como bien nos apunta el sociólogo Carlos Baca, a pesar de que existen muchas teorías no se ha logrado un consenso al momento de definir qué es la comunicación comunitaria, popular o ciudadana. Esto se lee como una fortaleza que demuestra la diversidad y riqueza de dichas experiencias.

[3] Fundado en 1961 por varias excolonias de África y Asia. Más tarde se unirían otros países del llamado Tercer Mundo, también de América Latina. Este movimiento geopolítico se mantuvo neutral y no respaldó a ninguno de los bloques existentes en la época: Estados Unidos y la Unión Soviética. Aunque con poca relevancia, actualmente el movimiento sigue vigente. https://mnoal.org/

[4] Como afirma Castells, M. (2009): “El poder depende del control de la comunicación, al igual que el contrapoder depende de romper dicho control”. Comunicación y poder. Alianza Editorial, p. 23.

[5] Hay mucho que discutir sobre la irregular aplicación de estas leyes. En este momento sólo destacamos este hito y abriremos el debate más adelante.

[6] Definición elaborada por la Cooperativa de Trabajo Lavaca en su libro El fin del periodismo y otras buenas noticias (2006). Lavaca Editora, p. 7. https://www.lavaca.org/media/pdf/elfindelperiodismo.pdf

[7] El capitalismo cognitivo es una etapa del capitalismo que acumula riqueza a través de la mercantilización de la información y el conocimiento. Al ampliarse el acceso a las tecnologías de información y comunicación estos bienes cognitivos se digitalizan y se comienza a hablar de “capitalismo digital” o “capitalismo de plataformas”. Frente a esta corriente, la economía social del conocimiento defiende los comunes digitales, la producción colaborativa del conocimiento y su libre circulación, el conocimiento como un bien de la humanidad, etc. Para saber más: Blondeau, O., y Sánchez Cedillo, R. (2004). Capitalismo cognitivo: propiedad intelectual y creación colectiva. Traficantes de Sueños, 2004. https://www.traficantes.net/libros/capitalismo-cognitivo-propiedad-intelectual-y-creación-colectiva

[8] Desde distintos ámbitos, sobre todo en México, se cuestiona el uso del término soberanía y prefieren hablar de autonomía tecnológica. Como explica Loreto Bravo: “No se trata de una declaración de soberanía sino de autonomía. Aquí la construcción del poder no es desde la soberanía del pueblo, sino que es un poder que emana del territorio, ese bien común, donde no cabe la propiedad privada y donde las tecnologías tienen el papel de fortalecer esa autonomía. Ese es el único mandato que debe respetar y defender la asamblea comunitaria”. Bravo, L. (2018). Una semilla brota cuando se siembra en tierra fértil. Soberanía Tecnológica 2. Ritmo, p. 116. https://sobtec.gitbooks.io/sobtec2/content/es/content/08rizo.html

Por otro lado, quienes defienden el término soberanía, entre ellas Margarita Padilla, argumentan que: “Como todas las otras, la soberanía tecnológica se hace, sobre todo, en comunidades. Dicho brevemente: la comunidad, en su versión radical, se autoorganiza y se autorregula con autonomía y es la garante de la soberanía. Si tienes comunidad tendrás libertad y soberanía. O más aún: sólo dentro de las comunidades podemos ser personas libres y soberanas”. Padilla, M. (2018). Soberanía tecnológica: ¿De qué estamos hablando?. Soberanía Tecnológica 2. Ritmo, p. 8. https://sobtec.gitbooks.io/sobtec2/content/es/content/01prefacio.html

[9] Aunque se recomienda hablar de Internet sin artículo, cuando lo hagamos en este libro usaremos el femenino. La Real Academia de la Lengua Española recomienda hacerlo así: “Si se usa precedido de artículo u otro determinante, es preferible usar las formas femeninas (la, una, etc.), por ser femenino el nombre genérico red, equivalente español del inglés net”. http://lema.rae.es/dpd/?key=Internet.

0. Introducción

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