Además de las entrevistas individuales, conozcamos otros tipos de entrevistas.

Unidad 4.1. Entrevistas colectivas

Ahora estamos ante un entrevistador o entrevistadora y varios entrevistados. O muchos entrevistados. Puede ser toda una comunidad campesina, una cooperativa de choferes, las niñas y niños de un colegio, los reclusos de una penitenciaría o, simplemente, un grupo de jóvenes, especialistas en patear latas, que se van sumando en una esquina cualquiera del barrio.

En una entrevista colectiva, tratamos de llegar —si se puede— a una opinión igualmente colectiva. Un mismo tema se va completando y profundizando entre quienes participan en la entrevista. O debatiendo y sacando a relucir las posiciones contrarias que haya en el grupo. Por eso, el entrevistador o la entrevistadora llegarán con mucha información y pocas preguntas. Cada una les ocupará bastante más tiempo que en las entrevistas individuales porque varios participantes querrán opinar.

No se trata, entonces, de yuxtaponer una entrevista individual a otra entrevista individual. El desafío consiste en entrecruzar opiniones sobre una misma pregunta. Para ello, quien entrevista será especialmente ágil acercando el micrófono a quienes están en primera fila, a quienes están al fondo, a los de este lado, a las del otro.

¿Para qué sirven las entrevistas colectivas? Para mostrar los problemas colectivos. No es lo mismo recoger la denuncia de una señora sobre la venta de medicinas caducadas, que el testimonio, variado y ruidoso, de todo un barrio que protesta. También sirven para cubrir las alegrías colectivas, la fiesta patronal, los carnavales, el aniversario del club de madres. Y las manifestaciones ciudadanas, desde el desfile patrio hasta la marcha gay.

La técnica para conducir una entrevista colectiva incluye las anteriores recomendaciones para el formato individual. Algunas de ellas se vuelven más imperiosas. Un grupo grande, de unas 30 ó 40 personas, puede resultar inmanejable si no andamos con mil ojos, con un radar para captar todo lo que se mueve a nuestro alrededor: el adolescente que vino a molestar, el viejo que quiere acaparar el micrófono, la vendedora de tamales que aprovecha la ocasión, el dirigente que hace valer su jerarquía, el perro inoportuno, el bebé gritón aún más inoportuno, el borrachito que pasa y quiere saludar a su mamá, el niño que nos pone cuernos a las espaldas y todos se ríen y nosotros no sabemos por qué.

Atención: si es colectiva, el formato exige que muchos opinen y no solamente cuatro iluminados. Mejor muchas intervenciones cortas que pocas largas. Estamos en una mesa de ping-pong, pero con muchas paletas y muchos paleteros. El desafío consiste en entrecruzar la mayor cantidad de pareceres, similares o contrarios, sobre un asunto que concierne a todos los presentes.

Aunque toda la comunidad esté a favor de linchar al usurero, no por ello quien entrevista debe parcializarse ni dejar escapar su opinión personal. Tampoco debe agitar al grupo para hacerle decir más de lo que quiera decir. Un entrevistador maduro, una entrevistadora experimentada, no se deja arrastrar por la euforia ni por la indignación de los presentes.

Estamos haciendo radio, no presidiendo una liturgia bizantina. Más que prohibir las risas y los aplausos, habría que promoverlos. Tampoco hay que temer a los naturales cuchicheos o a las conversaciones superpuestas. Bien manejado, ese ambiente desenvuelto ayudará para soltar la lengua de los tímidos y dar más fluidez a toda la entrevista. La actitud campechana de quien entrevista —que viene siendo un animador de grupo— resultará decisiva para lograrlo. Por supuesto, si se arma un alboroto, habrá que pacificarlo. No olvide, sin embargo, que su oreja, siendo omnidireccional, percibe mucha más bulla que la que registra su micrófono unidireccional.

Práctica 10: Un micrófono para mucha gente

¿Has practicado este formato, la entrevista colectiva? Pues anímate. Puedes invitar a la emisora a los chicos y chicas de un colegio. O ir tú al colegio y hacerles la entrevista allá. A los jóvenes de un club deportivo y haces la entrevista en la misma cancha. A las señoras que venden en el mercado, clientes incluidos. A quienes están haciendo un plantón, una huelga por los salarios no pagados. Una radio callejera acerca los micrófonos a donde la gente se reúne.

Si te haces acompañar de un colega, te resultará muy útil para cuidar los equipos, para poner un poco de orden entre quienes participan en la entrevista, hasta para el control del tiempo.

Unidad 4.2. Las encuestas

Estas son un recurso ágil y fácil para tomar el pulso a la opinión pública sobre algún tema de actualidad. Se pueden hacer en la calle o por teléfono, en directo o grabadas, con unidad móvil o celular o una simple grabadora reportera. En todos los casos, se trata de entrevistas muy cortas (una o dos preguntas son suficientes), realizadas a varias personas por separado y elegidas al azar.

¿Dónde se hacen las encuestas? En cualquier parte. El periodista puede ubicarse en una plaza pública, a la salida de un teatro, en el aeropuerto, en la fila quienes van a votar, hasta en el cementerio el Día de Difuntos. También podemos abrir las líneas telefónicas de la emisora e invitar al público que llame y responda a una determinada pregunta.

Si el tema es espinoso, omitiremos los nombres de quienes son encuestados. Si la encuesta se está haciendo en el campus de la universidad, conviene dar esta ubicación para mostrar que las opiniones representan a ese sector y no a la población en general.

Hermana menor de este formato es la llamada vox pop —voz popular—que consiste en un minisondeo grabado con unos pocos transeúntes, elegidos también al azar. ¿Cuántos? Seis, ocho personas, no más. Las respuestas se graban y luego, en la emisora, se hace el montaje juntando las respuestas de la primera pregunta, las de la segunda pregunta, y así. Para presentar la sección, se pueden cortar las intervenciones de quien entrevistan y sustituirlas por breves enganches de quienes conducen el programa. La duración de una vox pop será un par de minutos o tres.

Tanto en las encuestas amplias como en las vox pop, la clave periodística radica en presentar la variedad de corrientes y puntos de vista que coexisten entre la población. Sería un grave error utilizar el formato para proclamar ganadora a una opinión sobre las otras. Las encuestas radiofónicas o televisivas no tienen ningún valor estadístico, ni siquiera pueden proponerse como suficientemente representativas. ¿Qué significa un puñado de respuestas, tomadas en una misma esquina y a una misma hora, a las primeras personas que pasaron por allí? Tal vez eran los miembros de una secta apocalíptica, en camino hacia su iglesia, y el entrevistador concluye que toda la ciudadanía está esperando el fin del mundo.

Más que demostrativo, las encuestas tienen un valor problematizador. Hacen ver los contrastes que se dan en la sociedad y, eventualmente, algunas tendencias parciales de la opinión pública. Pedirles más, sería manipulación. En realidad, resulta demasiado fácil tergiversar los resultados de una encuesta, sea en directo y mucho más si la grabamos previamente y la editamos a nuestro antojo. Incluso por teléfono. ¿Quién nos asegura que no se pusieron de acuerdo unos cuantos camaradas para propagandizar su punto de vista? Aquí actúa el efecto repetición. Cuando escuchamos una vez, dos veces, cuatro veces la misma afirmación, no necesitamos un periodista maligno que nos haga creer lo que no es. La mente del oyente se ocupa de ello y establece la indebida generalización.

No filtremos las respuestas que no coincidan con nuestra opinión editorial. Más bien, alegrémonos cuando estas aparecen. Así mostramos el pluralismo de la emisora. Y ganamos credibilidad, sacando al aire todas las voces, las cómodas y las incómodas.

Unidad 4.3. Conferencias de prensa

Una conferencia o rueda de prensa es una entrevista colectiva. Pero, en vez de un periodista y un grupo de entrevistados y entrevistadas, aquí tenemos muchos periodistas y un solo entrevistado o entrevistada.

Dicen que nacieron en 1913, cuando el presidente norteamericano Woodrow Wilson tomó la costumbre de convocar a los hombres de prensa “para contar lo menos posible acerca de los asuntos importantes”. 1

Tal vez por ese origen oficialista, las conferencias o ruedas de prensa resultan uno de los formatos más estereotipados: se reservan a los políticos y figuras públicas que las “conceden” a periodistas profesionales. En ellas, se cumple un conocido ritual: el personaje en cuestión es presentado por su representante, luego dice unas palabras y, a continuación, una batería de periodistas lo interroga sobre un aspecto de la actualidad o sobre los más variados temas, de acuerdo al perfil del entrevistado.

¿Qué tal si flexibilizamos este formato, uno de los más útiles para desarrollar un periodismo más investigativo? ¿Por qué pensar siempre en el equipo de prensa para hacer las preguntas? Invitemos a la radio a un político y que sean los oyentes, presentes en el estudio o por teléfono, quienes lo cuestionen. Invitemos a una funcionaria pública y que la entrevisten quienes votaron por ella. A un artista y que lo asedien sus fans y sus antifans. A un obispo y que aguante las preguntas de todos los paganos del mundo.

También podemos explorar otro tipo de invitados e invitadas. ¿Por qué pensar siempre en “personajes importantes”? Según los temas, podemos promover conferencias de prensa entrevistando a una campesina que fue estafado por un supuesto curandero. O a un menino da rua que recuerda el rostro de los mafiosos que balearon a dos de sus compañeros. A una o varias alumnas que hablan sobre el acoso sexual que se da en tal colegio. A uno o varios ecologistas agredidos por la policía mientras se abrazaban a los árboles que iban a ser talados.

En estas ruedas de prensa, la emisora tiene que garantizar la seriedad de las denuncias y proteger a los denunciantes. De lo contrario, será una rueda de chismes. O una ruleta rusa para quienes se atreven a hablar.

Unidad 4.4. Mesas redondas y mesas de debate

Estas mesas no son, propiamente, entrevistas. Constituyen otro formato periodístico porque quien las modera no se comporta como un entrevistador sino –por eso el nombre— como un moderador. Sin embargo, dado la utilidad de ambas mesas, las incluimos en este curso y les animamos a que las practiquen en sus emisoras.

Las mesas redondas, también conocidas como “paneles”, no buscan confrontar ideas sino complementarlas, iluminarlas desde distintos ángulos. Supongamos que vamos a intercambiar sobre un tema relacionado a la educación. El bulliyng, por ejemplo. Quien va a moderar la mesa invita a una maestra, a un chico maltratado, a una madre de familia, tal vez a un sicólogo. Presenta el tema, presenta a los invitados e invitadas, les da una primera intervención a cada quien, y comienza el diálogo.

Quien modera la mesa redonda debe procurar la participación equilibrada de todos los participantes. Como no es propiamente una polémica sino un diálogo, quien modera puede hacer preguntas utilizando la técnica del abogado del diablo para mantener un buen ritmo y dinamizar el espacio.

Igual que las mesas redondas, las mesas de debate constituyen un formato con alto valor educativo. Escuchando argumentos desde posiciones contrapuestas, se entrena el músculo que solemos ejercitar menos, el del pensamiento propio.

Veamos las cuatro patas que sostienen una buena mesa de debate.

El tema
Que sea caliente, provocativo. La temperatura de un tema se consigue bien por su actualidad, bien por su carácter tabú.

Los temas de actualidad son los que están en las primeras planas de los periódicos. Si son temas políticos o económicos, procura que no escoger los que resultan incomprensibles para la mayoría de tu audiencia.

Los temas “tabú” suelen ser los relacionados con el sexo o con la religión (¿la masturbación es pecado?, ¿la píldora del día siguiente es abortiva?, ¿la homosexualidad es una enfermedad?, ¿existe el diablo?, ¿el mundo fue creado por Dios en seis días?).

O temas más cotidianos, pero siempre picantes (¿hombres con aretes?, ¿los astros predicen el futuro?, ¿qué palabras no se deben hablar delante de los hijos?). Estos asuntos, aparentemente banales, animarán a participar a la abuelita o al taxista, y serán una puerta fácil para desenmascarar los prejuicios sociales.

Ningún tema debe estar prohibido ni censurado.

Los invitados o invitadas
Éstos, naturalmente, tendrán ideas contrarias. También tendrán capacidades similares, para que el debate no se desnivele.

Tenemos la manía de invitar casi siempre a especialistas o autoridades. Sin embargo, quien suele saber más sobre un problema es quien lo padece. Debatiendo sobre el costo de la vida, podemos invitar a una ama de casa. Debatiendo sobre brujas, invitaremos a una persona incrédula y a otra que las vio volando.

¿Cuántos invitados? La mejor solución radiofónica son dos. Así no se confunden las voces. Podemos experimentar con tres invitados que sostengan posiciones contrapuestas. Cuatro o más polemistas, crearemos confusión.

El moderador o moderadora
Quien modera debe ser alguien que maneje el tema o lo haya preparado muy bien. Conocerá y aplicará la técnica del abogado del diablo con ambas posiciones.

No debe hablar demasiado ni demasiado poco. Será estricto (sin rigideces) con el tiempo y las intervenciones de los participantes. Callará al charlatán, hará hablar al callado, y nunca perderá el control del debate.

Un debate no es una entrevista colectiva. Los invitados pueden hablar directamente entre sí sin pasar necesariamente por las preguntas del moderador. Al principio, estas preguntas servirán para motivar la confrontación de ideas.

La virtud principal de quien modera es la imparcialidad. En ningún caso debe dar o insinuar su propia opinión. Tampoco sacará conclusiones al final del debate. Los debates siempre deben quedar abiertos y que gane quien gane. Al final, quien modera agradece a sus invitados e invita a la audiencia a seguir discutiendo.

Los dinamizadores
Además de las intervenciones de los invitados e invitadas, el moderador puede emplear varios recursos para darle agilidad al espacio.

Puede traer testigos o testigas que cuenten experiencias de vida. Puede pregrabar un sociodrama o echar mano de un radioclip de Radialistas para dinamizar el debate.

También puede tener preparada una encuesta callejera o un vox pop. O pasar estrofas de una canción referida al tema. O leer una noticia reciente o una estadística impactante. O la carta de un oyente.

Por supuesto, en la segunda parte del debate, después de escuchar las primeras intervenciones de los invitados e invitadas, se pueden abrir los teléfonos para que el público pregunte u opine. Esto también dinamiza el debate.

Podemos desarrollar un debate sin invitados o invitadas. En este caso, quienes conducen la radiorevista proponen el tema a través de alguno de estos dinamizadores y piden directamente la opinión del público, sea por teléfono, por chat, por mensaje de texto, o con público presente en la cabina.

Estos dinamizadores se emplean con igual utilidad en las mesas redondas.

Práctica 11: ¿Haces mesas de debate en tu emisora?

Las mesas redondas o paneles son más empleadas en los medios de comunicación. Las de debate, menos.

En la programación de tu radio, ¿haces mesas de debate? ¿Con qué frecuencia?
Si las haces, cuéntanos los resultados. ¿Tienen buena audiencia? ¿Has tenido algún problema con este formato?

Si no las haces, ¿por qué no? ¿Algún temor? ¿O por facilismo?

1 J. L. Martínez Albertos, Curso general de redacción periodística. Paraninfo, Madrid, 1992, pág. 315.

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Capítulo 4: otras entrevistas

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