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Los debates sobre las tecnologías de la información y la comunicación se han planteado, mayoritariamente, desde una perspectiva instrumental desplazando los abordajes tecnopolíticos. A lo largo de estas páginas hemos argumentado sobre las limitaciones y los intereses detrás de este enfoque. No es más que otro capítulo de una larga disputa entre quienes consideran a la comunicación como una mercancía y quienes pensamos que es un derecho humano. Tensiones históricas que existen, no sólo en la comunicación, sino en todos los ámbitos de la vida como la salud, la vivienda o los bienes de la naturaleza. El capitalismo es el enemigo común que muta y se adapta; en este siglo, con un nuevo rostro amable, moderno y verde pero igual de voraz y peligroso.

Ayer eran las agencias de noticias internacionales y las corporaciones de medios tradicionales las que se negaban a perder los privilegios que les ofrecía un ecosistema comunicacional desequilibrado: definir cómo ver y entender el mundo. Hoy son un puñado de megacorporaciones de telecomunicaciones y entretenimiento, y grandes tecnológicas las que acaparan el poder y el mercado global. [312]

Las fronteras entre lo offline y lo online, si es que alguna vez existieron, están más diluidas que nunca y todas nuestras acciones se traducen en datos que son recogidos, procesados y comercializados con escasas consideraciones éticas. Pero no es un problema de Internet o de las TIC en si mismas, sino de cómo el sector privado definió en los 90 su modelo de desarrollo con un lobby agresivo –que se mantiene al día de hoy– sobre pilares como la neutralidad de la tecnología y la autorregulación. Las grandes tecnológicas burlan las legislaciones nacionales y escapan a la fiscalización de los países que intentan controlar sus excesos. Y se apoyan en una maquinaria publicitaria con la que construyen relatos de innovación y progreso para acelerar los ciclos de consumo envueltos en un fetichismo tech.

En este escenario, pareciera que hablar de derechos laborales de los trabajadores de plataformas y del nuevo proletariado cognitivo, del impacto ambiental de la fabricación de dispositivos, del derecho a la privacidad y al anonimato, o del derecho a la comunicación es “no entender” este nuevo mundo o ser ciberpesimistas. Sin embargo, no es más que retomar los debates plasmados en el Informe MacBride en torno al Nuevo Orden Mundial de la Información y Comunicación y que aún tienen pavorosa actualidad: niveles de concentración, imperialismo tecnológico, desequilibrio de los flujos de información o la necesidad de políticas nacionales que garanticen el derecho a la comunicación.

Cuando las radios comunitarias reclamaban su derecho a acceder a las frecuencias radioeléctricas no lo hacían por el espectro en sí, sino por los derechos que habilitaba. Contar con medios de comunicación que permitieran ampliar la mirada sobre la realidad era requisito indispensable para construir una sociedad más justa y democrática. Esa otra perspectiva sobre la comunicación es la que necesitamos retomar para apropiarnos de las tecnologías digitales.

Cuando comenzamos a escribir este libro, nuestra intención era trasladar una idea que nos viene inquietando desde hace tiempo: para defender el derecho a la comunicación y promover la democratización de los medios de comunicación en este siglo es necesario actualizar nuestras agendas e incluir nuevas demandas. Además de seguir reclamando el acceso al espectro radioeléctrico, nos enfrentamos a otro reto: cómo ensayar otros modelos de desarrollo para las tecnologías digitales de comunicación. Modelos sostenibles basados en la gestión común, en la libertad y en el acceso abierto, con una perspectiva decolonial, antirracista y feminista.

Para ello es necesario politizar la tecnología que, como nos propone Winner, no es más que preguntarnos “¿qué tecnologías son apropiadas para una sociedad buena?”. [313] La respuesta nos interpela a todas, todos y todes, porque el camino se debe transitar colectivamente. Hay muchas organizaciones e iniciativas que llevan tiempo construyendo alternativas de apropiación o desarrollo tecnológico: comunidades de software libre, grupos de infraestructuras autónomas, colectivos hacktivistas y transhackfeministas. Como medios comunitarios podemos apoyarnos en estos procesos para transformar nuestras prácticas tecnológicas y, a su vez, aportar la capacidad comunicativa y la relación con comunidades y sectores que, para estos otros grupos, pueden quedar lejanos.

Este tiene que ser, además, un recorrido alejado de prácticas autoritarias y patriarcales. Ninguna lucha popular triunfará si no desterramos estos comportamientos de nuestros espacios. No estamos ante “distintas luchas”, como muchas veces se repite en los grupos de socialización tecnológica. Los principios que guían la superación de las desigualdades son los mismos, independientemente de cuál sea nuestro ámbito de lucha y resistencia. De nada servirá alcanzar la soberanía tecnológica si esta se construye sobre las prácticas de sometimiento que han instaurado el capitalismo y el patriarcado, y que conciben al género masculino como medida de todo y centro de un mundo que está a su disposición.

Si anhelamos un futuro democrático de las comunicaciones, si seguimos soñando con una comunicación comunitaria al servicio de los sectores más vulnerables, si aspiramos a terminar con los monopolios y la concentración mediática, deberíamos asumir el reto de politizar la tecnología. Esto implica trasladar la defensa del territorio y del derecho a la comunicación al ámbito digital. Creemos que es una propuesta que encaja perfectamente con los objetivos de las radios y medios comunitarios, y que nos ayudará a pensar y construir ese otro mundo posible.

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Notas

[312] Desde 1990 se impulsan mecanismos de acceso abierto –Open Access, en inglés– en respuesta al injusto sistema que privatiza el conocimiento científico en el mundo académico. Casi el 50% del mercado de publicaciones científicas está controlado por tres editoriales – Elsevier, Springer y Wiley-Blackwell. Si no es posible acceder a la producción científica de la humanidad no se puede entrar en ese diálogo de saberes, que permite confirmarlos o rebatirlos, sobre el que se construye la ciencia. Este modelo conduce a la producción de un conocimiento muy sesgado. https://www.theguardian.com/science/2017/jun/27/profitable-business-scientific-publishing-bad-or-science
Bohannon, J. (2014). How much did your university pay for your journals?. Science. https://www.sciencemag.org/news/2014/06/how-much-did-your-university-pay-your-journals

[313] Como bien aclaran en su investigación de 2017 los argentinos Martín Becerra y Guillermo Mastrini, especialistas en concentración infocomunicacional en América Latina: “El resultado del estudio es alarmante en términos de democracia porque, aunque hay nuevos actores, más medios, más pantallas, la realidad demuestra que hay menos diversidad y más concentración de la propiedad y la enunciación”. Becerra, M., y Mastrini, G. (2017). Op. Cit.

Epílogo – Politizar la tecnología

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