¿Qué salidas tiene, entonces, el periodista? ¿Cuál es su papel en la Era de la Información?

Publicado originalmente en página PERIODISMO & PROCOMÚN de Susana López-Urrutia bajo Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 3.0.

El ‘laboratorio de periodismo’ que, de cuando en cuando, organiza la Asociación de Prensa de Madrid (APM) tenía ayer un color especial. La sesión, en la que se dirimía el papel del periodista en una Era en la que la materia prima de la profesión —la información— se ha erigido en protagonista, se abrió con un casual comentario de la presidenta de la APM, Carmen del Riego, que bien podría ser interpretado como una negra metáfora: desde la mesa de ponentes, abrumada por el inesperado número de periodistas e interesados que en esta ocasión inundaban la pequeña sala, Del Riego comentó graciosamente: “Como siga llegando gente vamos a tener que acabar saliendo nosotros [los periodistas]“ . De vuelta a casa repesqué mentalmente aquel comentario al que nadie habría dedicado nunca un ‘tuit’. Las palabras de la presidenta, me dije, ejemplificaban sin querer la inseguridad latente de un gremio que, incapaz de encontrar su ser y su sentido en los nuevos tiempos, saca las uñas para mantener su denostado ego ante el espejo, incapaz de ver más allá de su propia y fenomenal nariz: érase un periodismo, que podría haber dicho Quevedo, a una nariz pegado.

Ayer dejé la calle Juan Bravo con la sensación de que los periodistas, como los políticos, estamos perdiendo el tren del mañana. Y no porque no haya espacio en él para nosotros (tenemos reservados unos cuantos vagones), sino por nuestra propia tozudez y, sobre todo, por nuestro miedo a lo que no sabemos entender. Ayer en la APM se acusó a las audiencias de ser las causantes de la poca calidad de los contenidos de los medios. “Si son sensacionalistas”, se dijo, “es porque así lo demanda el público” (“sólo hay que mirar qué noticias son sistemáticamente las más leídas”, se argumentó). El periodista, se lamentó, ha caído del púlpito desde el que marcaba la agenda y ahora se ve sometido a los designios de unas redes sociales a las que —entre líneas— se tildó de ignorantes y populistas. Se calificó al periodista ciudadano de “intruso” (en el peor de los casos) y de “fuente” en el mejor. Se dieron vueltas y vueltas al viejo debate sobre la nefasta formación de los periodistas. Y, en definitiva,se buscó al ‘enemigo’ en todas partes, menos en casa (salvando las voces críticas de Pau Llop, Berzosa yJosu Mezo).

Quiero empezar mi contraargumentación recuperando una imagen de Antoni Gutiérrez-Rubí —consultor de comunicación política— que me ha inspirado mucho. Metafóricamente, Antoni suele dividir a las personas entre aquellas que ya “han saltado la valla” y quienes no lo han hecho. Existen ciertas palabras que descubren inmediatamente a quienes no han dado el salto y que provocan convulsiones en quienes les esperan al otro lado: una de esas palabras es “intrusismo”. En mi primera tesina, en la que trato este ‘choque de mentalidades’, hablo de cómo existen una serie de códigos, diseñados durante el industrialismo, que están siendo contrarrestados por la emergencia de otros nuevos (y opuestos a ellos) desde hace más de una década. La definición de espacios cerrados fue una constante en el período que dejamos atrás, al que pertenece la figura del ‘profesional’ y durante el que se acuñaron otros conceptos como el de ’copyright‘. Las dos figuras, esenciales para el correcto funcionamiento del engranaje capitalista, están más relacionadas de lo que parece: la un ‘privatiza’ un conocimiento, sobre el que el profesional se erige en ‘autoridad’; la otra hace lo mismo con una ‘obra’ o creación. Mantener estos espacios vigilados de ‘intrusos’ es fundamental para que el ejercicio de la competencia pueda realizarse y para (en definitiva) poder seguir ganado dinero.

Pero, hete aquí, que las cosas han cambiado, y no sólo para los periodistas. La batalla de los profesionales de la información contra los ‘periodistas ciudadanos’ es la de los fotógrafos contra los fans de ‘Instagram‘, la de los políticos contra las multitudes participantes y la de los activistas contra los ‘clicactivistas’ (por citar sólo un puñado de ejemplos). La pulsión por la apertura de los espacios es un fenómeno global que sigue, naturalmente, a la sobreabundancia de información y a la existencia de cauces por los que la vieja ‘masa’ es capaz de conocerse a sí misma interactuando. Periodistas, políticos y fotógrafos siempre hemos sabido que nuestros conocimientos adolecían de lagunas (deberíamos sospechar de quienes no lo hayan hecho) que podían ser cubiertas por otros —con ‘carnet’ o sin el—. En la Era de la Información, hemos topado con nuestra propia ignorancia (en el sentido más sano de la expresión). Muchos hemos descubierto que, como decía Berzosa, “por muy brillantes que seamos nunca vamos a poder competir con la brillantez colectiva”. Tenemos la oportunidad de abrirnos a ese incuantificable capital humano y enriquecer la profesión con el: por el bien de todos. Desde esta perspectiva, enrocarse en una actitud defensiva, tildando a todo aquel que podría aportar algo a la profesión como ‘intruso’ o ‘ignorante’ no parece una elección muy madura.
 

¿La ‘salida’ del periodismo? Por la puerta de la gran empresa

En este sentido, mi sensación es la de que tenemos que repensar completamente la profesión, empezando por el mismo concepto de periodista ¿Cuántos periodistas quedarían en nuestro país si los entendiéramos como personas apasionadas, cualificadas, defensoras obstinadas de los valores democráticos y debidas a la sociedad en la que desarrollan su labor? : probablemente muy pocos. En algunos casos, lo mencionados valores escasean: ¿Es Mariló Montero, que recientemente afirmó —conservando un admirable rictus de seriedad en su rostro— que los órganos tenían alma, una periodista? (y no estoy pensando en su formación como profesora) ¿Lo son los periodistas de Intereconomía cuando, torticeramente, manipulan la realidad a su antojo? ¿Es un periodista del corazón un periodista? Al margen de estos casos —más o menos extremos— todos sabemos que existe (por suerte) un gran número de estupendos profesionales que, muy a su pesar, tampoco encajarían en la definición que encabeza este párrafo. Y no porque no quieran: sino porque no les dejan. En los últimos años he tenido la suerte de trabajar con muchos de ellos en distintas redacciones. Y en sus miradas siempre descansaba el pesar, más o menos asumido, de que ciertas cosas “son como son” y que lo único que les cabía a ellos era hacer su trabajo “lo mejor posible” dentro de sus criterios y esperar que (con un poco de suerte) “los de arriba” no se los pisoteasen una vez más.

Y en este punto llego al quid de la cuestión: el dinero. Me viene a la cabeza una de las lecciones de la ética hacker: la pasión y la vocación casan mal con el capitalismo. Como apasionado de su profesión, el auténtico periodista nunca va a encajar en la gran empresa mediática. Aunque existen unos límites (más estrechos en unas empresas que en otras) que no se pueden menospreciar, el modelo de negocio vigente impone que, ante un conflicto entre valores o creatividad y dinero, este último siempre ganará la partida. El modelo de negocio está en la raíz misma del problema que enfrenta el periodismo porque no está en su naturaleza asimilar las dinámicas de la nueva sociedad. No quiere hacerlo y (en muchos casos) ni siquiera puede porque eso implicaría perder dinero. Los ciudadanos saben eso y reniegan de los medios, restándoles cada vez más legitimidad. En su lugar, otorgan su confianza a la información que les brindan otros ciudadanos (blogueros, tuiteros...). Muchos de ellos tan apasionados, comprometidos y diligentes que casi parecen periodistas.

Los periodistas (‘oficiales’) sólo pueden soñar con tener la libertad de los amateurs. Muchos estarían encantados de compartir su trabajo con otros periodistas, o incluso abrirlo a las aportaciones de los ciudadanos: se aligerarían sus cargas, sus investigaciones serían mucho más incisivas y completas y el servicio a la sociedad (que es de lo que, se supone, se trataba esto) sería inmenso. Todos saldríamos ganando. Sin embargo, ningún periodista en su sano juicio haría nada de esto porque implicaría tirar piedras contra su propio tejado, entre otras cosas, ‘regalando’ información a la competencia. La existencia de este ‘techo de cristal’, que impide al periodismo realizarse como tal, prueba las limitaciones que como sociedad nos impone un modelo que ya está haciendo aguas y que debe ser renovado.

¿Qué salidas tiene, entonces, el periodista? ¿Cuál es su papel en la Era de la Información? A mi juicio, las señales apuntan a que, a medio plazo, por donde primero hay que salir es por la puerta de la (gran) empresa, como bien nos ha enseñado Clark Kent. Esta afirmación puede sonar un poco abrupta (mi intención es investigarla durante los próximos años). Pero creo que existen buenos indicadores que apuntan a la futura emancipación del periodista de la gran empresa que, ERE tras ERE, no hace sino cavar su propia tumba. Existen ya periodistas que, al contrario que sus medios, gozan de un gran prestigio en las redes sociales. Muy a menudo estos perfiles no se corresponden con las ‘grandes figuras’ a quienes todos conocemos: son humildes ‘plumillas’ que han sabido ganarse la confianza de sus audiencias porque las escuchan y se relacionan con ellas. La marca personal, en definitiva, se impone sobre la del grupo mediático, de la que se sospecha sistemáticamente. Por otra parte, existen periodistas que ya están obteniendo financiación de su audiencia. Como los anteriores, gozan de la reputación que les otorga su talento y su respeto al público, que percibe que son más confiables que la empresa mediática. Los repetidos éxitos de variadas campañas de crowfunding prueban que la gente paga por aquello que le parece bueno y necesario. Y los periodistas (reales) son, como siempre lo han sido, indispensables ¿Lo son los grandes conglomerados de medios? Mi sensación es que no. En un tiempo en el que lo concentrado tiende a distribuirse, los ‘centros’ de periodismo y el propio ejercicio del ‘periodismo de masas’ están perdiendo su sentido: se impone un periodismo sostenible.

Decía Carmen del Riego aquello de que “como siga llegando gente vamos a tener que acabar saliendo nosotros (los periodistas)”. No debería ser así. No al menos si reaccionamos y escuchamos lo que esas ‘masas’ (ya nunca más pasivas) nos están diciendo a gritos. Si no lo hacemos, los ciudadanos nos darán la espalda, como ya se la están dando a los políticos, y satisfarán sus necesidades informativas a nuestro margen.

Érase un periodista a una nariz pegado

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